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El sol y los niños PDF Imprimir E-Mail
jueves, 25 de septiembre de 2008

Image Los estudios acerca de los efectos nocivos del sol sobre la piel y los ojos no son nuevos, pero no por ello dejan de estar de plena vigencia. Esto se convierte en un asunto de especial relevancia cuando nos referimos a los niños. De hecho, debemos plantearnos una pregunta: ¿Por qué los adultos nos protegemos de la radiación solar y no hacemos lo mismo con nuestros hijos? Lo más habitual es que los adultos optemos por utilizar gafas de sol siempre que nos exponemos, sin embargo, no se presta una atención adecuada a un colectivo, el de los más pequeños, que es altamente sensible.

Del mismo modo que, hoy en día, a nadie se le ocurriría dejar a sus hijos jugando en la playa sin una crema protectora adecuada que impida que se les dañe la piel, tampoco podemos consentir exponer los ojos de los más pequeños a los efectos adversos de los rayos ultravioletas.

Es muy importante que tengamos en cuenta que muchas de las enfermedades oculares más graves asociadas a la edad son resultado de una exposición acumulada a los rayos solares a lo largo de la vida. Por eso, porque los ojos “tienen memoria”, es por lo que los profesionales recomendamos el uso de lentes protectoras en niños mayores de seis años siempre que haya una exposición al sol.

Image Es importante considerar que durante los tres o cuatro primeros años de vida el ojo está en fase de maduración y el uso de gafas de sol antes de esa edad debe hacerse con mucho cuidado, limitándose a los casos en los que el niño va a pasar muchas horas al aire libre y muy expuesto a la radiación solar (nieve, playa)…

En los niños la vulnerabilidad es mayor, y esto se debe a dos factores: en primer lugar, usualmente están más expuestos al sol, especialmente en verano (jugando en la calle, en el recreo…). De media, los niños reciben el triple de la radiación solar que la de un adulto y, además, el 80% de la exposición recibida a lo largo de la vida tiene lugar antes de los 20 años. En segundo término, está el hecho de que el cristalino infantil transmite más rayos tanto visibles como ultravioleta a la retina, lo que supone una media de transmisión del 75% en menores de 10 años, frente al 10% en mayores de 25. Estos datos son especialmente relevantes en un país como el nuestro en el que hay un elevado número de horas de sol.

Los padres somos los principales responsables a la hora de inculcar hábitos saludables y, como todos ellos, el uso de gafas con protección solar se debe de inculcar desde la infancia. La mayoría de los niños no sufren fotofobia o fotosensibilidad, así que, en el caso de niños que no usan gafas graduadas, basta con proporcionarles unas gafas de sol.

Image Sin embargo, cuando el niño se queja de molestias oculares ante la exposición solar, lo más conveniente es someterlo a una evaluación inmediata, ya que puede indicar una inflamación ocular. Además, no hay que olvidar que las gafas de sol son un elemento de protección frente a los rayos solares que deben seleccionarse con sumo cuidado y utilizarse con precaución y coherencia, especialmente en el caso de los niños.

¿Pero y si el niño lleva gafas? Todos hemos sido niños y sabemos que hay pocas cosas que nos puedan apartar de los juegos. Probablemente, mucho menos el tener que pensar en cambiarse de gafas al salir a la calle. Por ello, la opción más adecuada en estos casos es optar por gafas fotocromáticas, capaces de adecuarse a la luz solar existente.

Un estudio llevado a cabo por Essilor en niños usuarios de gafas correctoras de entre 10 y 15 años determinó que el 70% de ellos prefieren el uso de este tipo de lentes frente a las convencionales. Las principales razones son que se oscurecen con el sol, que pueden ver mejor sin necesidad de cambiar de gafas, y que protegen sus ojos.

 
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