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miércoles, 27 de abril de 2005

Violencia contra los niños

Víctimas sin mayoría de edad

Inés Vallejo

Después de los ejércitos en tiempos de guerra, la familia es la institución de nuestra sociedad que más violencia ejerce contra los niños. Espectadores del horror que ocasionan sus verdugos adultos, los menores de edad son víctimas en los más de 33 conflictos bélicos que se desarrollan en nuestros días y en el seno del hogar, donde sufren la agresión de los progenitores.

Si los conflictos armados dejan tras de sí un rastro de millones de niños afectados, la sociedad arroja un balance también desalentador: en España, y sólo en la Comunidad de Madrid los casos de acogida por desamparo familiar han experimentado, en el primer trimestre del año, un incremento del 20% con respecto al mismo período del año 98.

Image © Celia Escudero Espadas

Las guerras obligan a más de 200.000 menores a empuñar las armas. Sólo durante la última década, los conflictos armados dejaron a su paso entre cuatro y cinco millones de niños mutilados, dos millones de fallecidos y más de un millón de huérfanos o separados de sus familias. Además, cuando los niños participan en conflictos bélicos se rompen las redes sociales y relaciones primarias que determinan su desarrollo físico, emocional, moral, cognitivo y social.

Respecto a este grave problema Graça Machel, primera dama de Sudáfrica y redactora del Informe para la ONU sobre las repercusiones que la guerra tiene en los niños, señala que «alcanzar la paz en el mundo implica encarar una serie de aspectos sobre la justicia social y económica, establecer una legislación creciente sobre el comercio de armas de guerra y prevenir los conflictos».

Pero niños y adolescentes son, también, víctimas de la gran violencia quese ejerce contra ellos en el seno del hogar y que se origina, muchas veces, a causa de las relaciones de poder que se dan en el ámbito doméstico interpretadas como la posesión de los niños respecto de los padres. Lo cierto es que la violencia está presente, con demasiada frecuencia, en la familia. Hasta tal punto, que autores como Gelles y Straus («Determinants of violence in the Famili: Toward a theoretical Integration» Free Press, Nueva York 1979) califican al entorno familiar como la institución más violenta de nuestra sociedad, con excepción del ejército en tiempos de guerra.

En la familia conviven, en un espacio normalmente reducido, personas de edades y sexos distintos que interfieren en la vida del otro y que se interrelacionan mucho sin objetivos específicos. No es fácil acotar el ámbito de lo que constituye violencia contra un niño, ya que se puede maltratar de muchas formas, siendo con frecuencia el mayor castigo la falta de atención. Aunque la violencia es también patrimonio de menores, como demuestra el crecimiento de la violencia en las aulas, niños y adolescentes son más víctimas que agentes en el proceso.

Sin salir de casaImage

En España, sólo en la Comunidad de Madrid, las instituciones regionales han acogido, de enero a marzo de este año, a 250 niños por su situación de desamparo, un 20% más que en el mismo período de 1998. Unos 5.000 niños con problemas viven actualmente bajo el amparo de las instituciones.

¿Cómo puede ser que un padre maltrate a un hijo suyo hasta matarlo? Por lo general, resulta tan difícil aceptar que un padre abuse de su hijo que frecuentemente se le tilda de loco. La realidad, sin embargo, es que sólo el 10% de los casos de maltrato infantil son obra de personas con trastornos psiquiátricos o psicopatológicos, y queda un 90 % de casos en los que el maltratador puede ser considerado normal según los cánones al uso.

Por una parte hay factores propios del individuo que maltrata, como el alcoholismo o la drogadicción; por otra, están los factores intrínsecos de la sociedad que envuelve a dicha familia: situaciones de paro, vida hacinada o falta del necesario apoyo social.

La sociedad está impregnada de ideologías o principios culturales que pueden incluso justificar explícita o implícitamente la violencia con los niños.

Así, se constata que las familias monoparentales, padres jóvenes y cuidadores no emparentados biológicamente con los niños, figuran entre quienes tienen una mayor probabilidad de maltratar físicamente. Progenitores que maltratan a sus hijos suelen haber sido maltratados en su infancia y no han tenido el apoyo de sus familias de nacimiento. Aunque haber sufrido maltrato en la infancia o tener un estatus socioeconómico bajo se asocia con un riesgo alto de maltratar a los hijos, estos factores varían al relacionarlos con otros de influencia real en la probabilidad del maltrato infantil.

Estudios sociales indican que los padres dispensadores de malos tratos físicos a sus hijos manifiestan una reactividad fisiológica mayor ante los estímulos infantiles. Sin embargo, no está tan claro que los padres maltratadores presenten alteraciones neuropsicológicas perturbadoras del procesamiento de la información relacionada con el niño. Dichos progenitores presentan un bajo nivel de autocontrol y autoestima y carecen de sentimientos de valía personal. Asimismo, tienen unas expectativas inapropiadas respecto de sus hijos y, en algunos contextos, creen que el comportamiento de sus vástagos es más negativo de lo que realmente es, atribuyen a su prole intenciones malévolas y hostiles al juzgarlos y sienten menos empatía hacia ellos. Experimentan estrés y angustia personal que les lleva a padecer estados de depresión, ansiedad, ira, hostilidad, aislamiento y soledad traducidos en afecto negativo hacia los menores.

Los niños con capacidad reducida para resistirse o revelar el maltrato, los que todavía no hablan, aquellos con retraso en el desarrollo y minusvalías de algún tipo, son los candidatos a experimentar en propia carne la violencia doméstica según otras investigaciones. También son sujetos de alto riesgo los niños carentes de afecto familiar que pueden sentirse halagados a corto plazo por atenciones puntuales. Los niños víctima de malos tratos son, además, susceptibles de convertirse fácilmente en objeto de abusos sexuales.

Sin criterios unánimes

Combatir la violencia contra los menores choca, de antemano, con las medidas contrapuestas que proponen los especialistas. Algunos, como David A. Wolfe, científico canadiense de la University of Western Ontario, Canadá, defiende la atención domiciliaria como el tratamiento más adecuado para ayudar a los padres que están en riesgo de maltrato.

Señala, para éllo, la importancia de fomentar, desde los servicios sociales, unas relaciones positivas entre padres e hijos ajustadas a las necesidades de cada familia, antes de que se produzcan situaciones límite. Según Wolfe, «está demostrado que incrementar las experiencias positivas en las primeras etapas del desarrollo de la relación paternofilial es algo que permite prevenir el maltrato infantil y sus consecuencias».

El tratamiento del abuso físico conlleva, en opinión de este experto, cambiar la forma de enseñar, la disciplina y la atención que los padres prestan a sus hijos. Y el principal objetivo de estas terapias es posibilitar que las familias acaben controlando sus propios recursos y satisfaciendo las necesidades infantiles.

Con respecto a los niños, Wolfe destaca la idoneidad de alejarles de sus hogares por un tiempo «así desaparece el riesgo y se les proporciona a los niños un entorno agradable. A la vez, la familia dispone de un plazo para someterse al tratamiento y rehabilitarse». Los programa y terapias deben prestar atención personalizada a las familias.

Sin embargo, J. Kirk Felsman, profesor de psicología clínica infantil de la universidad de Duke, piensa que para determinar el bienestar psicológico de los niños y adolescentes hay que comprender el contexto socio-cultural en el que su vida se desenvuelve. El desplazamiento del niño a residencias o familias adoptivas o determinadas decisiones políticas, según este investigador, pueden tener un efecto negativo a largo plazo sobre su desarrollo, tales como el aislamiento, la ausencia de estimulación y la marginación social.

Propone como alternativa la promoción de medidas, sociales y económicas, a largo plazo de los niños de alto riesgo. Los estudios sobre violencia contra menores están sometidos a muchas limitaciones, según Felsman, ya que por lo general se investigan factores aislados, hay inexistencia de definición común y las muestras son pequeñas y poco representativas. Además, la mayoría de los estudios son «a posteriori», lo que impide calificar los factores de riesgo como causas del maltrato.

Niña en la calle

© Alonso Serrano Suárez

Telón de fondo institucional

La violencia institucional, causada por acciones o inacciones acaecidas en el marco de las instituciones, en especial educación, sanidad y servicios sociales, constituye un aspecto de la cuestión que no está recogido en el Código Penal para Félix Pantoja, fiscal coordinador de la sección de menores del Tribunal Superior de Justicia, quien considera que la sociedad no debe descansar hasta lograr un marco jurídico sancionador de estos maltratos.

Pantoja sostiene la necesidad de reflexionar acerca de que la solución a los problemas de violencia contra niños no se circunscriben al marco jurídico sancionador. Este especialista cree que, hoy día, existe un déficit importante en cuanto a la asistencia de salud mental de los niños con problemas, que les conduce a situaciones de marginalidad.

Para él, la violencia reside en las estructuras sociales incapaces de crear situaciones de afecto cálido desde la estructura familiar, al tiempo que exige un compromiso social que no limite la responsabilidad del maltrato al adulto que lo produce y reflexione sobre el alcance de su comportamiento.

Respondiendo a esta necesidad, el Senado ha solicitado la creación de un Defensor del Menor en cada una de las comunidades autónomas. Dicha figura jurídica existe ya en Madrid y en Andalucía, pero se quiere generalizar en todo el Estado español. Se pretende que su cometido no quede en mera atención de reclamaciones, sino en una labor de observación, orientación y prevención.

Ignacio Gómez, pediatra del hospital Virgen del Rocío de Sevilla, sostiene que la solución a las agresiones contra los más débiles está en fomentar las relaciones paternofiliales, capacitando a los padres, reduciendo su nivel de estrés sin olvidar la actuación sobre el contexto padre, hijo, familia.

Horror inexplicable

La sensación de horror y maldad al ver los maltratos infantiles es inexplicable. Para Jose Luis Pinillos, catedrático de psicología, el fenómeno de la violencia infantil está teniendo mayor repercusión que en épocas anteriores: «lo que está ocurriendo desborda las disciplinas específicas.

Antes, todo se explicaba por la herencia biológica y ahora se cree que es la posibilidad de mejorar la adaptación, la educación..., lo que produce la violencia. Las dos posiciones son exageradas. En la naturaleza hay una herencia de violencia que procede del propio ser humano: el más fuerte elimina al más débil o lo deja morir. Tener un cerebro agresivo es positivo, es lo que nos ha hecho llegar a ser lo que somos.

Otro aspecto es el de la frustración-agresión. Donde hay fustración acaba habiendo agresión. La tecnificación de la vida no ha hecho avanzar al hombre. La violencia de los ejércitos actuales es igual a la de los ejércitos asirios.

A la tecnología hay que agradecerle muchas cosas pero su brazo destructivo es mayor al constructivo. Vivimos en un sistema tecno-económico donde no cabe la moral. El progreso social ha sido material, no moral. Por ese motivo, la prevención es muy importante al hablar de violencia cuya erradicación ha de ser, sin duda, estructural».

El profesor José Sanmartín, director del Centro Reina Sofía para el estudio de la violencia, destaca que la conciencia social se genera a través de la acumulación de conocimiento empírico sobre temas terribles. Considera que este problema social requiere soluciones urgentes. El maltrato a los niños existe a lo largo de la Historia, pero es algo con lo que no se puede seguir viviendo, pero para erradicarlo se debe conocer el porqué de la violencia. Mientras, se debe sistematizar cada situación y actuar de manera teórica.

La cultura es responsable de la violencia por contraposición a la agresividad natural que anida en los seres humanos, inhibida por la sabia naturaleza que determina nuestras acciones. Así, este experto achaca a factores como el roce, el juego económico, que crea ganadores y perdedores, la ausencia de recintos de privacidad cerrados y la jerarquía como las fuentes de conflicto: «que haya conflictos en la familia no quiere decir que haya violencia. Sólo cuando el estrés no se controla el conflicto acaba en violencia».


Atención social a la infancia

Ana María Fernández Vargas, trabajadora social del Centro de Atención a la Infancia (CAI IV) del Ayuntamiento de Madrid, explica a los lectores de Entorno Social el trabajo en un servicio especializado en menores.Image

Ana María Rodríguez Los Servicios Sociales Generales forman parte de la red pública de atención y protección a la infancia y adolescencia y son los responsables de hacer una valoración de los casos recibidos en relación con malos tratos o cualquier otra problemática con familia e infancia.

De este modo, toda denuncia que pueda presentarse al defensor del menor, la detección desde un Centro de Salud o un Centro escolar de una situación de desprotección, va a llegar al trabajador social de referencia de la zona donde viva esa familia. Este profesional realizará diversas entrevistas, reuniones de coordinación con otros servicios y visitas domiciliarias que le permita conocer y valorar la situación.

Desde los Servicios Sociales Especializados en la atención a menores y familias, Centros de Atención a la Infancia, (CAI) también se abordan valoraciones de las situaciones de riesgo o posible desamparo de menores y se promueve la adopción de medidas de protección ofreciendo a la familia tratamiento psicosocial.


Ana María Fernández Vargas destaca la importancia de la coordinación con otros servicios y profesionales para solucionar los conflictos.

«Se ha visto que es más eficaz un abordaje interdisciplinar para resolver las problemáticas y conseguir cambios».

Por lo general, los casos de malos tratos con menores son analizados en una estructura de trabajo conocida como «equipos de trabajo de menores y familia» formados por diferentes profesionales, médicos, pediatras, psicólogos, etc. que, dependiendo de las caracteristicas, problemas y actitud de cada familia, realiza un diseño de intervención individualizado.

Si se detecta una situación de mal trato físico a un menor y la familia no reconoce el problema o no colabora con los servicios sociales, manteniendose la situación de desprotección, estos equipos proponen al Instituto Madrileño del Menor y la Familia un encuadre coercitivo o se realice el procedimiento de tutela.

Uno de los sectores de población en los que se está generando mayor conflictividad y demanda de actuación son los adolescentes, fugas del hogar, conflictos con las pautas que los padres intentan imponer, situaciones de violencia mutua entre padres a hijos. Esta problemática es de difícil abordaje, porque muchos adolescentes no reconocen conflicto alguno y su motivación para colaborar en la resolución de los problemas familiares es un tema complejo.

El objetivo principal de la intervención social es eliminar la situación de riesgo de mal trato hacia los menores, para ello, «la familia tiene que recibir el mensaje claro del porqué se ha internado al menor en un Centro de Protección o el riesgo de que ésto suceda si el menor vuelve a vivir una situación de violencia».

Las entrevistas son los instrumentos que utiliza el equipo técnico del CAI, trabajador social y psicólogo, para conocer a la familia, sus hábitos y las relaciones entre sus miembros, y valorar las posibilidades de superación de la situación de crisis.

Para evaluar las posibilidades de cambio y recuperación un punto de partida sería el reconocimiento del problema por parte de la familia durante el proceso de intervención. Es prioritario saber qué espera la familia del servicio, que entienda la actuación como un apoyo y no como un castigo o un mecanismo de control, y que el enfoque de trabajo no culpabilice sino que permita la comprensión y el cambio.

Las figura del trabajador social se convierte en elemento clave del proceso: ayudando a mejorar las pautas educativas, intentando favorecer cambios en la familia formulando con ellos los objetivos de trabajo y los aspectos que se desean mejorar, proporcionando apoyo en la superación de conflictos conyugales y parentales, etc.

Según Ana María, en la práctica se trabaja más con mujeres porque sobre ellas sigue recayendo el protagonismo de la crianza. Los hombres asumen un papel más periférico aunque en la actualidad ésto está cambiando.

El tiempo máximo que se considera idóneo de intervención terapeútica con una familia es de de dos años, pudiendo ser las entrevistas quincenales o semanales en sesiones de una hora u hora y media.

En opinión de esta trabajadora social muchas familias reciben la ayuda como un apoyo, como algo positivo y otras lo viven como una intromisión. Pero el verdadero problema es la detección temprana de los malos tratos ya que muchos casos no llegan a los servicios sociales.

Violencia en el ámbito doméstico

# Situaciones familiares de riesgo

Familias monoparentales o reconstituidas, caóticas y desestructuradas. madre frecuentemente enferma o ausente, emocionalmente poco accesible o con un historial de abuso sexual infantil.

# Problemas de hacinamiento Hijas mayores que asumen la responsabilidad de la familia.

# Características del abusador

Extremadamente protector, víctima del abuso sexual en la infancia, con dificultades en la relación de pareja, aislado socialmente, abuso de drogas o alcohol, frecuentemente ausente del hogar, con baja autoestima o problemas psicopatológicos.

# Variables que influyen en los efectos del abuso sexual infantil

El perfil del niño, las características del acto abusivo en sí, la relación de la víctima con el agresor y las consecuencias derivadas de la revelación del abuso. Sobre todo, destaca el ambiente familiar que "ejercerá de factor amortiguador o aumentará la vulnerabilidad del niño a la continuidad del abuso, dependiendo de la cohesión que exista y del nivel de conflictividad familiar". Un 20% de los niños abusados sexualmente se convierten ellos mismos en abusadores. Sólo un 2% de los casos de abuso sexual familiar se conoce al tiempo que ocurre. Y, en la mayoría de los casos, sale a la luz de forma accidental.

Libro

Violencia contra niños



Image Autor: José Sanmartín. Editorial: Ariel, S.A. Barcelona, 1999. 222 págs. (http://www.ariel.es)

Sólo conociendo científicamente los factores de la violencia e incidiendo sobre ellos se podrá generar un ambiente más pacífico y tolerante. Con este principio comienza el trabajo del profesor José Sanmartín, basado en el análisis y la observación, y editado por Ariel.

Auspiciado por al Centro Reina Sofía para el estudio de la violencia, es un libro duro, de diagnóstico, que trata de responder a un interrogante sin clara explicación todavía en nuestros días: ¿por qué alguien puede llegar a maltratar a un niño? La violencia en el seno de la familia es casi obligatoria. Con una afirmación tan contundente comienza el prólogo. ¿Por qué? Estas páginas intentan ser una respuesta científica.

 
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