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Invertir en mamografías es ahorrar, sobre todo muertas PDF Imprimir E-Mail
jueves, 27 de septiembre de 2012

Señor Ricardo Oliván, consejero de Sanidad de Aragón:
mamografiaEn primer lugar, permítame decirle que no es nada agradable que te hagan una mamografía y sentir cómo ese aparato te aplasta el pecho sin ningún tipo de miramientos. Nadie se la hace por gusto, créame. Pero resulta que, a pesar de la radiación que implica y de sus limitaciones, sobre todo en mujeres jóvenes, sigue siendo el método más eficaz para detectar un cáncer de mama.

Desde que usted declaró el jueves que habría que “analizar” si las mamografías deben ser financiadas por el sistema público de salud, se han alzado muchos testimonios de personas que han salvado la vida gracias a una de ellas. La redactora jefe del Magazine de El Mundo, Silvia Nieto, explicaba poco después en Twitter que su cáncer de mama “se detectó en un control anual rutinario. Quitar las mamografías sería enviar a la muerte a miles de mujeres”.

Mi caso es algo distinto. A mí me diagnosticaron la enfermedad hace dos años, antes de cumplir los 40. Había ido hasta cuatro veces al médico en diez meses porque no podía soportar los dolores del bulto que iba creciendo en mi pecho por momentos. Negligencias y mala suerte aparte, decidieron “ahorrarme” la mamografía porque no pertenecía a ningún grupo de riesgo. Después me dijeron que si me la hubieran programado cuando acudí las primeras veces, lo más probable es que mi cáncer no hubiera avanzado tanto. Como es lógico, la probabilidad de supervivencia y el tratamiento (su agresividad) son muy distintos según el grado de desarrollo de la enfermedad.

Afortunadamente, mi evolución ha sido fantástica y estoy aquí para contarlo. Pero cuéntelo usted ahora en términos económicos, porque estamos hablando de dinero, ¿verdad? Pues sepa que diagnosticar un cáncer en su fase inicial mediante ecografías mamarias y mamografías es deseable no solo para la persona cuya vida peligra, sino también para las arcas del Reino de España. ¿Sabe cuál es el precio de un tratamiento como el que han tenido que aplicarme por no haber contado con un diagnóstico precoz? Sume: seis meses de quimioterapia, una intervención quirúrgica, radioterapia, todo un año inyectándome Herceptin y varios meses de rehabilitación. Recibir atención psicológica en la Seguridad Social hubiera estado bien, pero nadie me la ofreció.

Perdóneme, pero no voy a calcular ahora el coste global del tratamiento. Tras superar un cáncer, el tiempo es lo más valioso que existe y no voy a perder más que el estrictamente necesario en contestar a este globo sonda. Solo le diré que, como periodista curiosa que soy, un día se me ocurrió preguntar a las enfermeras que me atendían cuánto costaba la dosis de aquella sesión, una de las “breves”, apenas dos horas (muchas rondaron las cinco enchufada a las sondas). Me dijeron que algo más de 600 euros.

Una mamografía suele costar, como mucho, 150 euros en un centro privado. Y digo “como mucho” con retintín, disculpe si no se nota la ironía en la pantalla. Cuando se está desmantelando el Estado del Bienestar, 150 euros suponen un porcentaje muy elevado de un salario patrio. O del subsidio del desempleo. O de la nada, como sucede cada vez más a menudo.

Se atreve usted a decir que la cartera básica de salud “tiene que incluir cuestiones que tengan que ver estrictamente con la curación”. La prevención, según su criterio, vendría a ser un lujo. Como veo en su curriculum que su experiencia laboral se centra en el campo de la Economía y el Turismo –lo siento, pero no he sabido encontrar nada referente al ámbito sanitario-, continuaremos hablando de dinero.
Sabemos de sobras que este país sigue sin cambiar su modelo productivo y sin apostar por la investigación. Nuestros gobernantes prefieren mitigar el paro a base de casinos y ladrillazos, imposible que aprendan a pensar en el medio y largo plazo. Pero usted es economista y pertenece a un partido político que habla todo el tiempo de austeridad y productividad. Insisto: ¿Qué resulta más rentable: pagar facturas millonarias a una multinacional o invertir en salud?
La farmacéutica Roche, fabricante del Herceptin, vital para tratar uno de los cánceres de mama más agresivos, endureció el pasado mayo las condiciones de suministro a 12 centros españoles por morosos. Esta compañía suiza ya anunció hace justo un año que dejaba de proveer a los hospitales griegos el medicamento que nos ha salvado la vida a tantas mujeres. Muchas afectadas vivimos con temor e indignación esa noticia.


Esta semana he tenido sesión de control. Todo muy bien, gracias. De momento, no voy a suponer más carga a la Seguridad Social. Mientras llegaba mi turno, pude oír conversaciones de todo tipo. Las visitas a las salas abarrotadas de Oncología, donde con demasiada frecuencia no hay asientos para todos los citados, pueden ser deprimentes, pero también muy interesantes y honestas.


Una cirujana me explicó el martes que lleva más de un año sin poder practicar reconstrucciones mamarias por falta de quirófanos. En la era de los recortes, hay muchas otras prioridades. Además, seamos sinceros, ¿a quién le importa realmente la angustia de las mujeres a las que se ha practicado una mastectomía y desean operarse, una decisión tan válida como la de quienes prefieren no hacerlo? En su mayoría, son “invisibles”, han sobrepasado de largo la edad de procrear y ya no son consideradas “mujeres-mujeres”, como a veces se le escapa a alguno de sus correligionarios de partido.
Esas mujeres no están en la agenda política, por mucho que cada 19 de octubre muchos rostros conocidos se apunten al carro de los lacitos rosas para celebrar el Día contra el Cáncer de Mama junto a una mujer con pañuelo en la cabeza. Siempre hay alguien ansioso por hacer un donativo desde una fundación privada y mostrar en público cómo practica la caridad. Pero sería preferible ahorrar galas y concentrarse en exigir más justicia social. Y esta implica garantizar un buen sistema de salud público que contribuya a generar salud y que no esté orientado únicamente a “curar”.
Una de cada ocho mujeres está en riesgo de desarrollar un cáncer de mama. El porcentaje no hace más que aumentar. Eso es lo que debería preocuparle, señor Oliván, a usted y a los representantes públicos. Demasiado dolor para quienes sufren la enfermedad en primera persona y para su entorno. Como dice la periodista estadounidense Barbara Ehrenreich, quien también la ha superado, basta ya de tanta palabrería y de pedir mantener una “actitud positiva”. En esta materia hay que adoptar una actitud crítica y exigir esfuerzos para luchar contra esta plaga.

En vez de intentar crear una corriente de opinión en contra de financiar las mamografías que puede dejar sin estos controles a nuestras madres, hermanas e hijas, un grupo de riesgo, inviertan en programas de prevención más allá del mero diagnóstico.
Informen a la población sobre lo importante que resulta practicar cinco horas de deporte intenso a la semana para reducir el riesgo de recaídas. Lancen campañas para aconsejar ingerir muchas frutas -sobre todo en ayunas-, disminuir al máximo el consumo de lácteos, carnes rojas y todas las que puedan estar hormonadas, introducir la cúrcuma (mezclada con pimienta negra) en los guisos, beber té verde y eliminar por completo la leche de soja tras padecer un cáncer de mama. Si sugieren que evitemos el estrés, pueden provocar hilaridad, en este país eso es misión imposible.

Estos consejos suelen proporcionarse solo en consultas privadas y no en la Seguridad Social, donde cualquiera puede comprobar cómo los médicos alargan cada vez más sus jornadas y están exhaustos. Por suerte, centros como el Hospital Clínic de Barcelona organizan esporádicamente charlas prácticas sobre nutrición y cáncer o prevención del linfedema. Pero, después de leer que tiene muchas dudas sobre determinadas “rehabilitaciones”, deduzco que también considera un lujo invertir en fisioterapeutas que expliquen a las mujeres a las que se les han extirpado los ganglios axilares afectados por el cáncer de mama qué deben hacer para que su brazo no se infle para siempre.

Permítame despedirme agradeciendo una vez más a mis médicos y al sistema de salud pública que me hayan salvado la vida. Recordarlo me pone de tan buen humor que voy a regalarle una observación que tranquilizará a la ministra Ana Mato. Después de recorrer durante estos dos últimos años muchas salas de espera de Oncología, donde se aplican los tratamientos más caros de esa cartera de servicios sanitarios que ahora el Gobierno está “revisando”, he coincidido con cientos de personas afectadas. Para “entretenerme”, he ido apuntando a quienes tenían aspecto de inmigrantes o apellidos que no sonaran a españoles de bien. Es una estadística poco científica, desde luego, pero tengo que decirle que solo he encontrado a tres. Por supuesto, no les pregunté si tenían ‘papeles’.
En tiempos de austeridad, prevenir es ahorrar. Ahorrar sufrimiento. Ahorrar muertas.
¡Salud!


Pilar Navarro

 
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