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Diego Rodríguez entrenador personal
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Ansiosamente Adolescente PDF Imprimir E-Mail
lunes, 11 de abril de 2005

 

Falta la respiración, no oxigenas lo suficiente, parece que el aire no llega a los pulmones, los nervios y el agobio aparecen. Hiperventilas, y entonces vienen los mareos, sudores, temblores y, en muchos casos, la noción de la realidad.

Lo descrito anteriormente son los pasos previos a un ataque de ansiedad, un trastorno considerado “de lujo” que se da en países que han superado sus necesidades mínimas. Estas crisis son patentes en el 15% de la población y van en aumento. Se estima que el 20% de los españoles sufrirá un capítulo de este tipo a lo largo de su vida.

 

Cristina Ortego

Un buen ejemplo de esta patología lo encarna la escritora austríaca Elfriede Jelinek, autora de La Pianista, quien hizo público que no viajaría el pasado 10 de diciembre a Estocolmo para recibir el premio Nobel de la Literatura porque padece “fobia social”. Las crisis de ansiedad tienen una comorbilidad muy alta y el 60% de los casos van acompañados de otros trastornos, como los ataques de pánico, las depresiones y las fobias.

Muchos adolescentes padecen innumerables casos de trastorno de ansiedad y prácticamente lo desconocen. El exceso de competitividad, el perfeccionismo y la inseguridad, sumado a otros ingredientes, como la capacidad de desafío, o la adaptación frente a nuevas situaciones, favorecen el incremento de esta patología. De esta manera, la presión social también influye de manera poderosa en nosotros, provocando reacciones en nuestro cuerpo y mente relacionadas con las crisis de ansiedad. Éstas pueden explotar de repente, debido a haber sufrido un capitulo traumático o estresante de la vida, o bien acumularse y aparecer de repente, sin que de antemano se conozca la causa de ese constante malestar.

 

Una patología infradiagnosticada

En el conjunto de la sociedad la ansiedad afecta al 14% de la población y va en aumento, según asegura la psicóloga Pilar Varela , autora del libro “Ansiosa-mente”. Además, según advirtieron los especialistas que participaron en el II Congreso Nacional sobre Ansiedad y Trastornos Comórbidos que se celebró en enero de 2004, el 20% de los españoles sufrirá un trastorno ansioso a lo largo de su vida.

Salvador Ros Montalbán, organizador del congreso, afirma que “lo peor de este problema de Salud Pública, que afecta a entre el 5 y el 10% de la población infantil de 6 a 12 años y a la adulta, es que tiene tratamiento, pero su aplicación no es precoz en todos los casos, debido al infradiagnóstico”.

Al parecer, los pacientes tardan más de un año en ser diagnosticados y, por término medio, suelen visitar hasta siete especialistas diferentes antes de lograrlo. Se trata de todos aquellas personas que acuden a las consultas por dolores o taquicardias y que habitualmente reciben por respuesta: “eso no es nada” o “es psicosomático, no le dé importancia”.

Cabe destacar que en la etapa de la adolescencia la ansiedad patológica es uno de los trastornos mentales más frecuentes, y afecta siempre al doble de mujeres que de hombres. Esto es debido a una serie de circunstancias, como el ciclo menstrual, el embarazo o la menopausia de las féminas, o a causa de otras razones sociales, como la doble jornada que soportan muchas veces fuera y dentro de casa y, lo que es peor, la posición secundaria o sumisa que las mujeres deben adoptar frente a algunas personas –jefes, maridos, padres-, lo que eleva su predisposición a padecer estos trastornos.

 

La salud mental de los adolescentes

Actualmente, en EE.UU. la salud mental de los adolescentes está afectada en forma de ansiedad, angustia, aislamiento y depresión. Este problema ha llegado a tales magnitudes que las universidades de EE.UU. han abierto consultorios y partidas presupuestales para la atención de la salud mental de sus estudiantes. La avalancha de consultas psicológicas hechas por adolescentes clarifica la caída del prejuicio antiterapeútico de los tiempos pasados. Esto es debido a la existencia de una serie de fuerzas de carácter social y cultural que han incrementado la aparición de los trastornos de ansiedad y de depresión estudiantil. Entre ellas, cabe señalar la enorme presión de las expectativas colocadas en los adolescentes por sus padres, ya que tienen la esperanza de que sus retoños realicen sus sueños frustrados.

Asimismo, tampoco ayuda la temporalidad de las amistades, provocada, a veces, por los cambios de hogar para llevar a cabo los estudios y en relación con éstos últimos, elegir la carrera adecuada, la presión adecuada y el buen rendimiento académico: se exige demasiado.

Hay otros factores que ayudan a la aparición de la ansiedad, como la separación o el divorcio de los padres, que terminan utilizando a sus hijos de intermediarios o pañuelo de quejas continuamente, el bombardeo de información y el consumismo, la inestabilidad de la economía familiar, la asunción de responsabilidades desde muy pequeño, como el cuidado de hermanos menores…

También cuentan otras causas, como la desaparición del ejercicio físico en las chicas adolescentes españolas y el fomento del sedentarismo, los desengaños amorosos muy fuertes o los excesivos cuidados de unos padres hiperprotectores y muy sacrificados.

Por último, tampoco hay que desdeñar ciertos factores factores que parecen haber producido una generación de jóvenes emocionalmente frágiles, centrados en si mismos, sin habilidades para enfrentarse a situaciones alarmantes o para relacionarse con sus iguales. Esto, según los expertos, puede ser debido a un fallo en la base educacional que no ha tenido en cuenta los cambios que se han producido en el ámbito social, como la incorporación de la mujer al mundo laboral.

 

 

Un caso real

“Son las tres de la tarde. Estoy sentada en la sala de espera de la agencia de empleo junto a otras estudiantes de periodismo. Estamos citadas para realizar un casting; una de nosotras será elegida para conducir un programa sobre la influencia de la mujer en los medios de comunicación españoles.

El sueldo no es nada del otro mundo, pero la curiosidad y la experiencia que puedo obtener han sido decisivos para encaminarme hasta allí. Según me han contado, van a seleccionar solamente a dos de nosotras y, por tanto, haremos una serie de pruebas para que aprecien quién de nosotras tiene mayor habilidad realizando entrevistas, desenvolviéndose delante de la cámara, o salvando la situación ante un momento crítico... Tras 20 minutos de espera, nos pasan a un plató, donde esperamos pacientemente a que nos llamen de una en una. En este rato nos ha dado tiempo a entablar conversación entre nosotras. Oigo mi nombre en voz alta. Ha llegado mi turno. No puedo negar que estoy un poco nerviosa y que me sudan las manos, pero algo me dice que voy a hacerlo lo mejor que puedo.

Cuando me quiero dar cuenta, la chica que han llamado delante de mí ya ha vuelto a su sitio, pero algo en ella es diferente. Parece nerviosa, no habla, respira profundamente intentando coger todo el aire que le entra en los pulmones y soltándolo por la boca, haciendo mucho ruido. Casi puedo oír su corazón latiendo a mil por hora; está aturdida y suda, se ha puesto pálida como un muerto.

No consigo apartar mi mirada de ella, porque parece que ha entrado en estado de shock. Mis ojos deben de parecerla dos enormes interrogantes, pues al momento dice: “me ha venido la ansiedad y me han dicho que tengo que aprender a respirar con el diafragma”. Se hace un silencio, nadie le da importancia, y seguimos hablando. Menos mal que ella ha aprendido a controlarlo”.

 

 

¿Qué es la ansiedad?

Si un día paseando por la acera tranquilamente viéramos a un león parado delante de nosotros y sin cadenas de ningún tipo, nuestro organismo activaría rápidamente los mecanismos que le mantienen alerta para hacer frente al peligro, pues nuestro cuerpo fue creado por una naturaleza muy sabia y está preparado para reaccionar, defendiéndonos ante aquello que nos pone los pelos de punta.

El corazón empezaría a latir de manera más veloz, nuestros pulmones aumentarían la oxigenación y nuestros músculos se tensarían para una respuesta rápida. Ante la amenaza del felino sudaríamos y nos paralizaríamos un instante. Mientras tanto, nuestros sistemas endocrino e inmunológico trabajarían a un ritmo mas acelerado y nuestro cortéx cerebral planificaría la mejor estrategia ante la situación a la que nos enfrentamos.

Algunos echaríamos a correr, otros nos meteríamos en el primer portal que encontráramos abierto, pero todos tendríamos miedo. Esta ansiedad fisiológica es protectora y necesaria ante un peligro, pero esta reacción también puede volverse en contra de la persona si se lleva hasta ciertos límites.

Cuando nuestros mecanismos de vigilancia se vuelven patológicos, surge un estado de ansiedad que mantiene en alerta constante al organismo, agotando poco a poco sus reservas protectoras y originando una variada gama de síntomas físicos y psicológicos. Como consecuencia, el trastorno de ansiedad acaba evitando que nos enfrentemos con el peligro o la situación que nos produce miedo, llegando a trastornar la vida diaria hasta el punto de que muchas veces no se quiere hacer nada para que “no dé ansiedad”.

 

 

 
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